La reunión más cara no es la que dura demasiado.

Es la que decide la comunicación sin saber cómo te ve el mercado.

Hay reuniones que cuestan poco en tiempo y mucho en consecuencias.

Aquella en la que la dirección define el posicionamiento, aprueba el plan de comunicación, elige el mensaje principal — sin haber respondido antes a una pregunta esencial: ¿qué piensa de nosotros el mercado hoy?

No lo que querríamos que pensara. No lo que creemos que piensa. Lo que piensa de verdad.

El problema que nadie nombra

Las decisiones de comunicación se toman, casi siempre, desde dentro. Desde el CEO que tiene una visión. Desde el marketing manager que conoce los números. Desde el director comercial que palpa el mercado cada día a través de su red de ventas.

Todas fuentes legítimas. Todas parciales.

Porque quien trabaja dentro de una empresa desarrolla inevitablemente una percepción distorsionada de cómo esa misma empresa es vista desde fuera. No por mala fe. Por proximidad.

Es como intentar valorar tu propio corte de pelo mirándote en un espejo que llevas años sin consultar.

Lo que ocurre después

Se aprueba un plan de comunicación construido sobre una percepción interna que no se corresponde con la realidad externa. Se invierte presupuesto en mensajes que el mercado no recibe como se esperaba. Se cambia de agencia porque «los resultados no llegan.» Se empieza de cero.

Y la siguiente reunión transcurre exactamente igual que la anterior.

Este ciclo tiene un coste que no aparece en ningún informe. No es una línea de presupuesto. Es la distancia acumulada con el tiempo entre lo que la empresa cree comunicar y lo que el mercado efectivamente percibe.

La pregunta que falta en el orden del día

Antes de decidir qué decirle al mercado, hay que saber qué está escuchando ya.

No hace falta un estudio de mercado de cien mil euros. Hace falta la voluntad de hacerse una pregunta incómoda: ¿estamos seguros de saber cómo nos ven quienes todavía no nos han elegido?

Los clientes actuales son una fuente parcial. Ya conocen la empresa, ya la han evaluado, ya han superado las barreras de percepción. Quienes no nos han elegido — y quienes aún no nos conocen — son la fuente que realmente importa para construir una estrategia de comunicación eficaz.

Cómo se puede saber

No existe un método único. Existen señales que la mayoría de las empresas ya tienen a su disposición y no leen.

Las reseñas negativas — no las de los clientes satisfechos, sino las de quienes miraron y no compraron. Los motivos por los que los leads no se convierten. Las objeciones que la red comercial escucha repetirse. Las preguntas que llegan antes de una negociación. Lo que escriben los competidores sobre ti, implícitamente, en la forma en que se posicionan.

Y luego están las conversaciones directas — no las encuestas de satisfacción posventa, sino las entrevistas a quienes evaluaron la empresa y eligieron a otro. Son las más difíciles de conseguir y las más valiosas.

La percepción externa no se mide preguntando a los propios clientes si están satisfechos. Se mide escuchando a quienes decidieron no serlo.

Quién debería estar en esa reunión

Una decisión de comunicación tomada sin datos sobre la percepción externa es una apuesta. A veces sale bien. A menudo no.

El papel de quien lidera la comunicación estratégica de una empresa no es solo producir mensajes. Es llevar a esa sala una perspectiva externa. Es hacer la pregunta incómoda antes de que se apruebe el plan. Es evitar que el presupuesto se asigne sobre premisas equivocadas.

Es, en otras palabras, el trabajo que un Marketing Manager operativo no puede hacer solo — y que un Communication Manager está ahí para hacer.

La reunión más cara no es la que dura demasiado.

Es aquella en la que nadie hizo esa pregunta.

¿Quieres saber cómo te percibe realmente tu mercado, antes de la próxima reunión? Hablemos.

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